madre,
para libar el néctar
de las flores
allí donde nace el sueño,
en el laberinto de la luz
y del azúcar.
Para que vuele el polen
y fecunde la matriz
de la esperanza.
Que madure al sol
la semilla renovada
y la lluvia
fortalezca el alma.
Una abeja, madre,
para crear lo bueno:
celdas de ámbar sin barrotes,
cera acrisolada sin mordazas.
Y donar la miel eterna,
sin descanso,
para saciar el hambre
de la vida.
©Maite Glaría

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