Y es tan solo un suspirar,
Señor,
solo un suspiro.
Y cada gota de sangre
se diluye
en esta tempestad
de almas
desvalidas.
Caminos inconexos
de gargantas
que no paran
de gemir ante ti
sus culpas.
Padre,
no son ellos,
los que sufren y gimen,
no son ellos
los que tienen culpa
de su hambre.
Los culpables
de tantas
diferencias
son los otros,
los que tienen los ombligos
satisfechos,
y las manos cerradas
para el prójimo.
Los que inflan
sus rechonchas caras
sus rechonchas caras
cuando pasa
la osamenta enclenque
sin zapatos,
hambrienta
y descarnada.
Y también hay otros,
Señor,
Señor,
que sin quererlo,
sin pronunciarse nunca
contra nada,
impasibles, indiferentes,
neutros,
dejan que crezca
la miseria,
el miedo,
sin decir tan solo
una palabra.
©Maite Glaría

No hay comentarios:
Publicar un comentario