Anoche viniste, madre,
a cuidarme y
darme abrigo.
¡Cómo me gusta, mi madre,
como cuidas a
tus hijos!
Tu pelo aún
era rojo
y tu pulóver, cobalto.
Tú sigues
viviendo en todo.
¡Te sigo extrañando tanto!
Fue un
saludo, un embeleso,
como un
suspiro del alma.
Mi madre me
daba un beso
y
yo me dormía en calma.
© Maite Glaría

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