Oh, Maestro, Maestro, qué añoranza
de aquellos versos tuyos que hice míos,
que como acíbar y miel se me antojaban.
Se desgranan los años, las mañanas,
bañan las olas las orillas tibias
y yo sigo llorando aquí en mi alma
los tristes versos de muerte y agonía
de la niña suicida y los esclavos.
Y sigo sola, mas viene el verso amigo
como erizada tórtola al reclamo.
©Maite Glaría
Nueva York, mayo de 2015

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