jueves, 20 de abril de 2017

EL OSCURO ESPACIO DE SU SOMBRA


Estaba de espaldas cuando él la besó.
No había sentido sus pasos en la alfombra, pero el suave almizcle de su peculiar olor lo delató. 
Casi inconscientemente, ella había inclinado un poco su cabeza dejando libre su nuca esbelta 
sin dejar de mirar a través de la ventana de cristal por la que disfrutaba de un ocaso majestuoso mientras el sol se escondía tras el mar.
Mas no giró para verlo llegar, 

tan solo había preparado el inicio del camino de aquellos besos que, comenzando desde atrás y por su cuello, harían enardecer su cuerpo. 
Los breves instantes en que esperaba sus besos los dedicaba a intuir lo que sucedería después: esa especie de tántrico ritual que la absorbería toda, 
presagiando un encuentro telúrico y un espléndido clímax para luego terminar laxa,
purgada de pecados y cada vez más enamorada.
No había llegado todavía el primer beso y ya su piel era una lanza de terciopelo en ristre 

esperando aquella ancestral batalla de dos cuerpos 
trepidando en una danza de ritmo sincopado.
Unos labios tibios, húmedos y cautelosos, iniciaron finalmente la lluvia febril de unos besos que, comenzando por el cuello, bajaron después despacio, como si fueran tímidos, por los hombros de ella, por los surcos de su espalda, 

requisando su cintura, 
atesorando sus nalgas, 
hasta bregar hacia el oscuro espacio de su sombra.



New York, marzo de 2017


© Maite Glaría

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