jueves, 20 de abril de 2017

CAJITA DE MÚSICA



Andaba por la casa sin saber qué hacer. 
Era uno de esos solitarios días en que la lluvia 
cae penosamente como si el cielo estuviera llorando 
al recordar una vieja canción. 
Era un día gris, o era yo la gris.
De pronto tropecé con algo, y resultó ser mi vieja cajita de música 
que no sé cómo llegó hasta el centro mismo de la sala, 
aunque tengo una “ligera” sospecha sobre mi perro 
que le encanta husmear en los cajones de cosas guardadas 
y agarrar alguna cuando dejo mal cerrada la puerta de mi closet. 
Tomé aquella diminuta cajita de madera laqueada 
de color marfil entre mis manos, la abrí y le di cuerda. 
A pesar de los años, la pequeñita bailarina 
vestida con un adorable tutú rosa comenzó a dar vueltas 
mientras sonaba esa encantadora pieza musical 
para piano solo, del compositor alemán Ludwig van  Beethoven 
conocida como Para Elisa "Für Elise” (aunque algunos dicen 
que realmente su nombre era Para Teresa «Für Therese»), 
y yo recordé que alguien en mi pueblo cantaba una versión 
que decía más o menos así:”qué solito está mi corazón, 
desde que tú no estás, qué tristeza hay en mi existir, sin tu amor no sé vivir...” 

Una especie de laxitud se apoderó entonces de mi 
y me encontré de pronto recostada en el sofá con las manos aferradas
 a la sonora cajita. Los recuerdos de una época lejana asaltaron mi mente, 
abrazaron mi cuerpo, y empezaron a hablar desde mi garganta 
con una voz diferente, más aguda y aniñada. 
Miré de nuevo la cajita y vi, detrás de la bailarina pequeñita con su tutú rosa, 
un minúsculo espejo que reflejaba un rostro algo conocido 
pero demasiado juvenil para ser el mío propio. 
Caí entonces en una especie de sopor y creí despertar 
en un dormitorio muy amplio, con dos camas, 
una grande y otra más chica. Tres niñas jugaban a los yaquis 
sentadas en el suelo en el medio de la habitación 
y una se parecía a mi de alguna manera. 
Entonces miré bien aquel cuarto, sus paredes pintadas de celeste, 
las doradas lamparitas de noche, las cortinas de raso azul cobalto 
semiabiertas sobre las ventanas enrejadas por fuera, 
el simpático oso de peluche blanco sentado 
en mi silloncito de madera jaspeada, los cuadros familiares en las paredes, 
y recordé que esa era mi habitación y la de mis hermanos cuando éramos niños. 
De repente, escuché la voz de mi madre llamándome desde la sala. 
Corrí hacia ella pero solo alcancé a ver sus manos 
entregándome una diminuta cajita de música de madera laqueada 
de color marfil, y de pronto una luz como un flash de cámara fotográfica. 
Desperté deslumbrada mientras las lágrimas se deslizaban por mis mejillas. 
El corazón me latía apresuradamente y sentí una especie 
de nostalgia cálida unida a una inmensa tristeza porque no pude, 
dentro de aquel hermoso recuerdo, ver el rostro de mi madre 
que se me fue hace ya tanto, y solo alcancé a oír su voz, 
dulce como su propio nombre de Dulce María. 

Volví a mirar la cajita y noté algo que no había visto antes. 
El interior estaba dividido en dos espacios iguales. 
Uno libre, destinado para guardar cosas pequeñas, 
y el otro donde está el mecanismo que hace brotar la melodía. 
En el espacio de guardar cosas pequeñas había una foto muy chica 
y sentí una profunda ternura al ver en ella la imagen de mi madre conmigo a su lado 
y algo en mi mano, que de momento no logré reconocer. 
Detrás de la foto, una dedicatoria de su puño y letra rezaba: 
“Un recuerdo de mi pequeña hija junto a mi, con su cajita de música”.

New York, febrero de 2017


© Maite Glaría

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