martes, 25 de abril de 2017

UN INSTANTE


Nous Avons - No.3 Joan Miró

Cruzó por mi lado, orgulloso y distante,

con nuevas pasiones y amores vibrantes.

Fue solo un instante y el soplo del viento

le llevó mi caricia, mi aliento, mi rosa.

El aroma de mi cuerpo rozó su camisa.

Y en solo un instante sintió su derrota.







Naples, primavera de 2017



© Maite Glaría

jueves, 20 de abril de 2017

CAJITA DE MÚSICA



Andaba por la casa sin saber qué hacer. 
Era uno de esos solitarios días en que la lluvia 
cae penosamente como si el cielo estuviera llorando 
al recordar una vieja canción. 
Era un día gris, o era yo la gris.
De pronto tropecé con algo, y resultó ser mi vieja cajita de música 
que no sé cómo llegó hasta el centro mismo de la sala, 
aunque tengo una “ligera” sospecha sobre mi perro 
que le encanta husmear en los cajones de cosas guardadas 
y agarrar alguna cuando dejo mal cerrada la puerta de mi closet. 
Tomé aquella diminuta cajita de madera laqueada 
de color marfil entre mis manos, la abrí y le di cuerda. 
A pesar de los años, la pequeñita bailarina 
vestida con un adorable tutú rosa comenzó a dar vueltas 
mientras sonaba esa encantadora pieza musical 
para piano solo, del compositor alemán Ludwig van  Beethoven 
conocida como Para Elisa "Für Elise” (aunque algunos dicen 
que realmente su nombre era Para Teresa «Für Therese»), 
y yo recordé que alguien en mi pueblo cantaba una versión 
que decía más o menos así:”qué solito está mi corazón, 
desde que tú no estás, qué tristeza hay en mi existir, sin tu amor no sé vivir...” 

Una especie de laxitud se apoderó entonces de mi 
y me encontré de pronto recostada en el sofá con las manos aferradas
 a la sonora cajita. Los recuerdos de una época lejana asaltaron mi mente, 
abrazaron mi cuerpo, y empezaron a hablar desde mi garganta 
con una voz diferente, más aguda y aniñada. 
Miré de nuevo la cajita y vi, detrás de la bailarina pequeñita con su tutú rosa, 
un minúsculo espejo que reflejaba un rostro algo conocido 
pero demasiado juvenil para ser el mío propio. 
Caí entonces en una especie de sopor y creí despertar 
en un dormitorio muy amplio, con dos camas, 
una grande y otra más chica. Tres niñas jugaban a los yaquis 
sentadas en el suelo en el medio de la habitación 
y una se parecía a mi de alguna manera. 
Entonces miré bien aquel cuarto, sus paredes pintadas de celeste, 
las doradas lamparitas de noche, las cortinas de raso azul cobalto 
semiabiertas sobre las ventanas enrejadas por fuera, 
el simpático oso de peluche blanco sentado 
en mi silloncito de madera jaspeada, los cuadros familiares en las paredes, 
y recordé que esa era mi habitación y la de mis hermanos cuando éramos niños. 
De repente, escuché la voz de mi madre llamándome desde la sala. 
Corrí hacia ella pero solo alcancé a ver sus manos 
entregándome una diminuta cajita de música de madera laqueada 
de color marfil, y de pronto una luz como un flash de cámara fotográfica. 
Desperté deslumbrada mientras las lágrimas se deslizaban por mis mejillas. 
El corazón me latía apresuradamente y sentí una especie 
de nostalgia cálida unida a una inmensa tristeza porque no pude, 
dentro de aquel hermoso recuerdo, ver el rostro de mi madre 
que se me fue hace ya tanto, y solo alcancé a oír su voz, 
dulce como su propio nombre de Dulce María. 

Volví a mirar la cajita y noté algo que no había visto antes. 
El interior estaba dividido en dos espacios iguales. 
Uno libre, destinado para guardar cosas pequeñas, 
y el otro donde está el mecanismo que hace brotar la melodía. 
En el espacio de guardar cosas pequeñas había una foto muy chica 
y sentí una profunda ternura al ver en ella la imagen de mi madre conmigo a su lado 
y algo en mi mano, que de momento no logré reconocer. 
Detrás de la foto, una dedicatoria de su puño y letra rezaba: 
“Un recuerdo de mi pequeña hija junto a mi, con su cajita de música”.

New York, febrero de 2017


© Maite Glaría

EL OSCURO ESPACIO DE SU SOMBRA


Estaba de espaldas cuando él la besó.
No había sentido sus pasos en la alfombra, pero el suave almizcle de su peculiar olor lo delató. 
Casi inconscientemente, ella había inclinado un poco su cabeza dejando libre su nuca esbelta 
sin dejar de mirar a través de la ventana de cristal por la que disfrutaba de un ocaso majestuoso mientras el sol se escondía tras el mar.
Mas no giró para verlo llegar, 

tan solo había preparado el inicio del camino de aquellos besos que, comenzando desde atrás y por su cuello, harían enardecer su cuerpo. 
Los breves instantes en que esperaba sus besos los dedicaba a intuir lo que sucedería después: esa especie de tántrico ritual que la absorbería toda, 
presagiando un encuentro telúrico y un espléndido clímax para luego terminar laxa,
purgada de pecados y cada vez más enamorada.
No había llegado todavía el primer beso y ya su piel era una lanza de terciopelo en ristre 

esperando aquella ancestral batalla de dos cuerpos 
trepidando en una danza de ritmo sincopado.
Unos labios tibios, húmedos y cautelosos, iniciaron finalmente la lluvia febril de unos besos que, comenzando por el cuello, bajaron después despacio, como si fueran tímidos, por los hombros de ella, por los surcos de su espalda, 

requisando su cintura, 
atesorando sus nalgas, 
hasta bregar hacia el oscuro espacio de su sombra.



New York, marzo de 2017


© Maite Glaría

LLEGA ABRIL

Llega abril enfrentando el frío, rompiendo cadenas, colmando vacíos, 
liberando las ansias, desbrozando caminos. 
Llueve en la ciudad, abriendo corolas de múltiples pasiones 
y en mí y en ti, hay un fuego que calmar 
y por eso estamos en el centro de este parque 
dejando que la lluvia nos moje y empape nuestros cuerpos 
y se adentre por mi boca abierta, por tus ojos llenos, 
y así llegue adentro, a lo profundo y eterno, 
para refrescar todo lo que en nosotros aún quede sediento.






New York, primavera de 2017


© Maite Glaría

domingo, 2 de abril de 2017

DE A POQUITO


Y así, de a poquito, nos vamos queriendo.
Yo miro tus ojos y tú te ves dentro.
Nos vamos llenando de luz y de aliento
de aromas, de estrellas, de ansias y fuego.

Y despertamos juntos mirando el alba
cuando la lluvia tibia nos moja el alma.
Y así de a poquito, nos vamos queriendo,
tú me das tus manos, yo te doy mis versos.


Puente George Washington, visto desde Fort Tryon Park. 
New York. 
Foto de Maite Glaría

New York, primavera de 2017


© Maite Glaría  

ENTONCES

Entonces eran versos  de temprana adolescencia, de súbito e idílico apetito cuando no sabes nada pero presientes ...