sábado, 8 de febrero de 2014

LA PARED




Hela ahí tan blanca y tímida, 
tan inocente. 
Pero es pura apariencia, 
no confío.
Su piel rugosa y fría esconde engaños, 
yo sé que sabe de lo que estoy hablando. 
La miro y parpadeo 
y en el momento que lo hago se desliza, 
se acerca a mí como si nada 
y todavía pretendiendo no ser nada 
se acerca más y me sofoca, 
siento que ya no puedo respirar, 
no queda oxígeno, 
ella lo absorbe todo, 
es peligrosa. 
Lo he dicho y nadie me lo cree. 



Ahora solo hablo conmigo 
y ya no digo nada pues quién sabe 
si me llevan a un hospital de locos, 
creo que no lo soportaría, 
allí hay más paredes como esta 
que esconden secretos tan terribles 
de muerte y de dolor, de angustia y pesadilla. 
Lo sé porque ella me lo dijo, 
ella tiene amigas en ese lugar y se lo cuentan, 
a veces oigo cómo cuchichean 
cuando vienen de visita algunas de ellas, 
tan calladas que parecen estar muertas.
Mas todas oyen, 
conocen cada rincón de nuestras vidas, 
nuestros recuerdos y el alma 
de nuestros versos.
Aquí vuelve, 
ya se había apartado pero vuelve 
¿ella me oiría? 
Me encojo en el centro de la habitación 
porque no puedo pegarme a ella, 
me tragaría, 
lo sé y no estoy loco. 
Cierro los ojos y me digo 
que todo esto es pura fantasía.
Está solo en mi cabeza, no es verdad, 
las paredes no están vivas. 
Pero no sé si las demás estarán muertas, 
porque esta y sus amigas sí están vivas. 
Sigo encogido y ella se acerca, 
ya no hay espacio adonde escabullirme 
y al fin me traga, 
me adhiere a sus entrañas, 
no siento dolor, 
solo una sensación extraña.
Y abro los ojos y miro y me veo afuera 
encogido en el centro de una habitación 
de un hospital de locos 
en una ciudad perdida.


© Maite Glaría




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