viernes, 28 de junio de 2013

EN EL CREPÚSCULO


Cuando la adolescencia y la lozanía desbordante nos envolvían en su túnica dorada de ilusiones, cuando miles de puntos convergían en el universo para dotarnos de un confortable abrigo o, cuando desolados, hambrientos de amor y de felicidad, rodábamos cual zombis enamorados de la vida hacia el no sabíamos qué, inmersos, casi ahogados por la magnitud de un mundo fascinante colmado de toda una gama de escenarios, viviendo al límite, muchos dejamos correr el tiempo corriendo nosotros mismos desbocados en un maremágnum de púber dinamismo. 

Sofocados por el calor intenso del Caribe, despojados varios del doble ropaje y las máscaras sociales, buscábamos locos de júbilo el placer que el instante nos daba. Ora desordenados y adorables, ora frágiles y temerosos, ni orábamos, ni perpetuábamos, ni asíamos el tiempo que se nos deshacía en las manos como un puñado de arena, de esa arena blanca y perfumada de sal, que vistió tantas veces nuestros cuerpos imberbes, puras cuerdas de emoción, y amábamos, sin dudas amábamos, pero no asimilábamos el poder del amor. 


Y así, jirones, trozos y pedazos de nuestro ser fueron quedando en el camino. Hoy, tantos años después, queremos despertar esos recuerdos que estaban velados, arrebujados cálidamente en rincones oscuros o luminosos, y buscamos desesperadamente a los amigos de ayer. Y nos preguntamos ¿dónde quedó esa cara amada, esos cabellos estremecidos y revoltosos, esas perlas de ternura? ¿Cómo hicimos para no hacer nada? ¿Cómo para perdernos en un universo compartido? ¿Cómo dejamos que casi nos ganara el olvido? ¿Cómo abandonamos el compartir tantos momentos felices o penosos? ¿Cómo pudimos no abrazarnos mil veces y disfrutar viendo jugar juntos a nuestros hijos? 


Y es que el tiempo, en su inconsciente andar, la procreación y creación de nuestras familias, los enredos cotidianos y naturales, el trabajo y mucho más, nos impidieron hacer un alto y buscar, en las fuentes poderosas de la amistad, las aguas extraordinarias de las que bebimos, solo un sorbo, y las dejamos correr, sin empaparnos en ellas, savia bendita de la existencia, lecho al que queremos regresar, pero ya no es igual: andamos desperdigados por el mundo, pensándonos cerca de nuestro destino final y ya es más difícil el reencuentro. 


Pero aun así, ahora de veras separados por horas y mares, aquí seguimos, en pie, o casi, plenos de memorias y nostalgias, revividos por encuentros virtuales y tardíos pero espléndidos y cuajados de emoción, volviéndonos a conocer y renaciendo, decididos a retomar las gotas portentosas de la amistad, como rocío vespertino en nuestras vidas crepusculares.

Ciudad de México, 28 de junio de 2013

© Maite Glaría



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