jueves, 15 de diciembre de 2011

EL GALEANO QUE CONOCÍ.


Eduardo Galeano en 1970
Conocí a Eduardo Galeano una noche que siempre recordaré. Corría el año 1970, inolvidable para mí, pues en mayo nació mi primera hija, Anabel. En el mes de agosto su padre, periodista y reportero de prensa del gobierno cubano, me pidió que fuera hasta Amancio Rodríguez, un municipio entonces camagüeyano, pequeño pero memorable porque allí ocurrieron cosas que hoy recuerdo con gran placer. Pero realmente nos encontramos en Camagüey, cuna del patriota independentista cubano Ignacio Agramonte y Loynaz. Disfrutamos de una de las últimas selecciones de la reina del carnaval, pues a partir de entonces ya no se realizó nunca más esta actividad en mi país.

Por esa época, la crisis económica era muy fuerte, Estados Unidos había dejado de comprarle a Cuba el azúcar de caña – primer renglón exportable desde hacía más de un siglo y cuyo comprador más importante era el país del Tío Sam. No había casi ni ropa ni zapatos, amén de la escasez de alimentos. Yo tenía un par de “kikos” plásticos -así llamaban a unos zapatos de ese material con el cual anduvimos quemándonos la piel por el calor caribeño durante muchos años.

En la madrugada nos fuimos en un carro de unos amigos hasta Amancio Rodríguez y al amanecer nos invitaron a un recorrido en yate por las aguas templadas del sur. El hecho, curioso hoy, pero absolutamente aterrador para mí, fue que, sentada en el borde del yate “solté” al agua uno de mis adorados y únicos kikos y me quedé atónita. ¿Cómo iba a caminar a partir de ahí? ¿Descalza? Fue mi primer y triste pensamiento. Luego de las risas y bromas a costa de mi mala suerte, alguien se ofreció a  regalarme al regreso unos zapatos. En la tarde fuimos a su casa (descalza yo, obviamente) y esa persona, muy oronda, me entregó un par de botas rusas que, a pesar de ser casi de mi medida y de no tener más que agradecer su oportuna existencia, a mis diecisiete años me parecieron horribles y tremebundas (todavía hoy sigo pensando igual).

Pero lo bueno es que, con las terribles, duras y espantosas botas puestas, conocí al maestro Galeano. Mi ex fue a hacerle una entrevista para la prensa nacional y luego nos fuimos a “cenar”. El maestro hablaba y hablaba y todos con la boca abierta, absorbiendo sus palabras, sabias desde siempre, fascinados con una personalidad única que nos hacía el honor de compartir en aquel pueblito perdido en la hermosa costa oriental.

Nadie se atrevía a interrumpir al maestro. Yo, demasiado joven para dejar de ser irreverente y, como siempre, lenguaraz consuetudinaria, “metí la cuchareta”. Galeano hablaba sobre la ya -a la sazón- universal novela del "Gabo" García Márquez, Cien  años de soledad, y ni corta ni perezosa me lancé al ruedo con un escalofriante “Maestro, ¿sabe que Amancio se me parece a Macondo?”. Un silencio  lleno de voces críticas invadió por un momento el local. Todos se quedaron boquiabiertos. ¡Qué osadía! ¡Qué enorme metida de pata! ¿Qué pensará el Maestro? Yo me convertí al instante en una de las más minúsculas partículas de este mundo apocalíptico. Eduardo, inmenso en su bondad espetó “Pues no me parece ilógica tu comparación. Este es un pueblito mágico, un exponente de lo real maravilloso de nuestros países de América Latina.” Y se rió con su risa enorme, campechana y encantadora que disipó las sombras que pudieron ser mi trauma para siempre.

Al siguiente día fuimos a la playa del Guayabal, un rinconcito más perdido todavía pero con un mar exuberante. Varios hicimos el recorrido en un jeep Willys descapotado, pero el Maestro, fascinado con el paisaje único que ofrecía el camino,  pidió ir a caballo y así se fue recorriendo los kilómetros desde Amancio Rodríguez hasta Guayabal acompañado por el periodista y otro compañero. Los tres llegaron exhaustos pero radiantes. Pasamos un día imborrable, hablando de las maravillas de Latinoamérica y de mil cosas más, pero yo ni chistaba. Me apenaba todavía mi torpeza no obstante la gentileza de Galeano de sacarme de aquel momento fatal. Él percibió mi pesar y me dijo al oído, “Niña, no se sienta avergonzada, aquí muchos no han leído la novela y ni imaginan qué es Macondo”.

He vuelto muchas veces a ser irreverente, en numerosas ocasiones he tornado a interrumpir a muchos, hablando de cosas que a tantos no les gusta oír. Pero siempre he recordado al Maestro Galeano, y no me siento avergonzada porque aquí o allá, la verdad, es que muchos no han leído la novela, ni se imaginan que viven en un Macondo real.

No sé si, a la distancia de tantos años, distorsioné las palabras de Don Eduardo, ya no sé si fue real o fue un sueño macondiano. Perdón, Eduardo, por soñar con lo que quizás ni sucedió de la manera como lo cuento, pero me precio de haberlo conocido calzando yo unas botas rusas, grandes y feas, pero que cubrieron mis pies, todavía adolescentes, en un Macondo nunca olvidado porque usted estuvo allí. Y como el Melquíades centenario, usted me enseñó a empezar a disfrutar de la alquimia de la vida. Gracias, Maestro.  

© Maite Glaría

martes, 13 de diciembre de 2011

EL PRÓXIMO DESTINO.

Foto de Maite Glaría

Dejar atrás el lugar donde naciste, no solamente constituye un cambio físico, geográfico, no es solamente mudarte de un lugar a otro, sino que trae consigo variaciones mucho más profundas.

Estar diseminados, desperdigados, dispersos por el mundo no es una situación que vivan pocos, ni es  algo contemporáneo. Familias enteras viven esparcidas por el mundo por cuestiones diversas.

El fenómeno de la migración es universal y milenario. Desde los orígenes del ser  humano, nos hemos desplazado a diferentes lugares buscando mejores condiciones de vida y entornos más adecuados para nuestra existencia. Esto es una constante en la historia de la humanidad y ha traído efectos en millones de personas en todo el mundo.
Pero vivir “lejos” es experimentar nuevas y diferentes sensaciones. Es oír hablar en otro idioma, o en otro tono, o con otra cadencia. Es percibir olores diferentes, desconocidos, o tal vez algunos conocidos que te hacen evocar lugares, personas y situaciones ya vividas pero entonces con un toque, una pizca, un breve pero agudo sabor de nostalgia. Es estar en un contexto diferente, es descontextualizarte para tratar de volverte a contextualizar. Es estar tratando siempre de renunciar, de desistir de lo que fue pero que ya no es. Es desvestirte y volverte a vestir, pero no con ropaje nuevo, sino con una nueva piel. Y no es arrancarte la que llevas contigo, o la que ella te lleva a ti desde que naciste. Es como un injerto, como un implante de una nueva epidermis. Porque lo demás, la dermis, los músculos, los nervios, los huesos, toda tu sangre, tu propia naturaleza, eso te será imposible de cambiar. Pero indudablemente es renunciar, voluntaria o involuntariamente a una parte de ti.

Por eso llegan a veces las preguntas.  Dónde quedaron tu música, tu gastronomía peculiar,  tu playa, la algarabía de tus calles, la esencia de tu barrio, dónde tu cultura, tu manera de hablar, de reír, tu “modo” de ser, tu “yo” más sincero, más espontáneo, más campechano y confiable.
E intentas rehacerte cada día que amanece, tratas de “encajar” en un nuevo escenario, en una nueva circunstancia, en un nuevo entorno donde el sol alumbra igual pero no es el mismo. Y piensas en aquel pedazo de mar en tu ventana, en lo que dejaste, en lo que no querías y en lo que sí quisieras seguir teniendo pero ya no está.

Y comienza el proceso de asimilación, de adaptación, porque sabes que de lo contrario te extingues. Y conoces a nuevas gentes. Y la vida te ofrece nuevos amigos para llenar el vacío de los otros, y disfrutas de nuevos y hermosos paisajes, de un diferente clima, y sonríes y cantas y te diviertes, pero no olvidas. Y entonces, cuando escuchas casualmente aquella canción que marcó tu adolescencia, cuando una foto olvidada en un cajón se te aparece y te habla desde el pasado, te gana la nostalgia, y en ese momento de melancólica tristeza, cálida y suave, sueñas con “volver”. Pero volver desde el aquí y desde el ahora, no sobre tus pasos y no a tu pasado que ya fue. Y ese querer volver pero seguir aquí, vivir aquello pero juntarlo con esto, se convierte en una de las paradojas más exclusivas de tu vida. Y, en el trayecto, dejas retazos de tu rostro, esquirlas de tus huesos y, a veces, lo más valioso de tu esencia.

 Y cuando la añoranza se junta con la ausencia, cuando la casi soledad te inunda como un estanque yermo, cuando muchos de los que amas tampoco están, cuando ya son demasiado los trozos arrancados de tu cuerpo, la paradoja se convierte en un intenso y ansioso deambular en busca de tu próximo destino.


Ciudad de México, diciembre 2011


© Maite Glaría

viernes, 9 de diciembre de 2011

HERALDOS DE HADES


lunes, 5 de diciembre de 2011

EL PLACER DE LEER



AFORTUNADOS AQUELLOS QUIENES, COMO YO, TUVIMOS LA OPORTUNIDAD DE CRECER LEYENDO, Y QUE DESPUÉS, EN "PAGO", TUVIMOS LA SUERTE DE ENSEÑAR Y MOTIVAR A OTROS A LEER. 
UNA PROBADITA DE UNO DE LOS MÁS EXQUISITOS RELATOS PARA LOS "NIÑOS" DE TODAS LAS EDADES.



Antoine de Saint-Exupéry - EL PRINCIPITO

XXI
—¡Buenos días! —respondió cortésmente el principito que se volvió pero no vio nada.
—Estoy aquí, bajo el manzano —dijo la voz.
—¿Quién eres tú? —preguntó el principito—. ¡Qué bonito eres!
—Soy un zorro —dijo el zorro.
—Ven a jugar conmigo —le propuso el principito—, ¡estoy tan triste!
—No puedo jugar contigo —dijo el zorro—, no estoy domesticado.
—¡Ah, perdón! —dijo el principito.
Pero después de una breve refl exión, añadió:
—¿Qué significa "domesticar"?
—Tú no eres de aquí —dijo el zorro— ¿qué buscas?
—Busco a los hombres —le respondió el principito—. ¿Qué significa "domesticar"?
—Los hombres —dijo el zorro— tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?
—No —dijo el principito—. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? —volvió a preguntar el principito.
—Es una cosa ya olvidada —dijo el zorro—, significa "crear vínculos... "
—¿Crear vínculos?
—Efectivamente, verás —dijo el zorro—. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...
—Comienzo a comprender —dijo el principito—. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado...
—Es posible —concedió el zorro—, en la Tierra se ven todo tipo de cosas. —¡Oh, no es en la Tierra! —exclamó el principito. El zorro pareció intrigado: —¿En otro planeta?
—Sí. —¿Hay cazadores en ese planeta? —No. —¡Qué interesante! ¿Y gallinas?
22—No. —Nada es perfecto —suspiró el zorro. Y después volviendo a su idea:
—Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sol. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.
El zorro se calló y miró un buen rato al principito:
—Por favor... domestícame —le dijo.
—Bien quisiera —le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.
—Sólo se conocen bien las cosas que se domestican —dijo el zorro—. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!
—¿Qué debo hacer? —preguntó el principito.
—Debes tener mucha paciencia —respondió el zorro—. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos ent endidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...
El principito volvió al día siguiente.
—Hubiera sido mejor —dijo el zorro— que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.
—¿Qué es un rito? —inquirió el principito.
—Es también algo demasiado olvidado —dijo el zorro—. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando el día de la partida:
—¡Ah! —dijo el zorro—, lloraré.
—Tuya es la culpa —le dijo el principito—, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...
—Ciertamente —dijo el zorro. —¡Y vas a llorar!, —dijo él principito. —¡Seguro! —No ganas nada. —Gano —dijo el zorro— he ganado a causa del color del trigo. Y luego añadió:
23
—Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.
El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:
—No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.
Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:
—Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.
Y volvió con el zorro.
—Adiós —le dijo.
—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.
—Lo esencial es invisible para los ojos —repitió el principito para acordarse.
—Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.
—Es el tiempo que yo he perdido con ella... —repitió el principito para recordarlo.
—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa...
—Yo soy responsable de mi rosa... —repitió el principito a fin de recordarlo.


© Maite Glaría

PRESENTACIÓN



Universes in Universe. Luis Felipe Noé


CADA PERSONA GUARDA DENTRO DE SÍ, ASPIRACIONES Y AMBICIONES, FRUSTRACIONES E ILUSIONES, RENCORES Y AMORES, CONFUSIONES Y CONVICCIONES, INTERESES, FANTASÍAS Y SECRETOS QUE CONFORMAN UNA INMENSA AMALGAMA DE CONFLICTOS, LÓGICOS Y SENCILLOS UNOS, ABSURDOS Y SORPRENDENTES OTROS.

MOMENTOS FELICES, AMARGOS, CURIOSOS O EXTRAÑOS: TODO CONFORMA NUESTRA PARADOJA DE LA VIDA.

A MIS HIJAS, A MIS AMIGOS, A LOS QUE SIEMPRE ME HAN EMPUJADO A ESCRIBIR, DEDICO ESTE BLOG.

OJALÁ  LO LEAN.

MAITE GLARÍA

"SUFRIMOS DEMASIADO POR LO POCO QUE NOS FALTA Y GOZAMOS POCO DE LO MUCHO QUE TENEMOS" (SHAKESPEARE)



MIEDO

Miedo, pintura de Juan Antonio Torrijo Latorre Miedo,  miedo inmortal que subyuga y congela nuestros bríos.  Miedo múltiple que a...